Cuenta una leyenda...

16 jun. 2013

Contaba la leyenda que hace mucho, mucho tiempo, existían dos reinos enfrentados: Artia y Trocenia, el reino de las hadas y el reino de los hechiceros. Y la leyenda también decía que si las guerras entre los dos reinos no acababan y ninguno se alzaba con la victoria, los príncipes herederos de cada uno deberían batirse en un duelo a muerte por el honor de su tierra. Y el vencedor, claro está, reinaría sobre el vencido.

Pero hete aquí que ninguno de los dos reinos tenía príncipes herederos, sino princesas, nacidas ambas al mismo tiempo. Artia poseía a la preciosa princesa Equinoccia, la más bella de todas las hadas. Su pelo negro como el ébano era la envidia de las aldeanas y sus ojos violetas y esmeraldas, enamoraban a todo el que los contemplara. Por su parte, Trocenia presumía de Solsticia, su princesa hechicera. Los rubios bucles de su pelo hipnotizaban a quien se acercaba a admirarla de cerca, la suavidad de su pálida piel no se comparaba a ninguna otra tela de seda y su habilidad con la magia era admirada en todo el reino.

Pero las leyendas, esas historias que movían al mundo, debían cumplirse si no querían atraer malos agüeros. Y a falta de heredero varón en ambos reinos, tendrían que ser las gráciles y delicadas princesas las que se batieran en duelo. Artia bramaba que su princesa era guerrera entre las guerreras y nada tenía que envidiar a una buena amazona, por tanto ella sería la vencedora. Trocenia rugía en respuesta alegando que Solsticia era mejor combatiente y que la espada y la magia eran sus habilidades más fuertes, imposibles de combatir.

Así ambos reinos comenzaron a preparar a las princesas para la batalla, porque el día en que ambas cumplieran veinte años, el combate tendría que llevarse acabo. Sin embargo, los sabios decretaron que estaría bien que cada una conociera las debilidades de la otra, y así poder vencerla en combate.

Así fue como la batalla no se libró entre reinos, sino en sus corazones...





Hacía frío. Las hojas se movían bajo sus pies como pequeñas serpientes de arena. Había aguzado el oído en busca de cualquier señal, pues sabía que la princesa Solsticia entrenaba en ese lugar todas las noches. Y entonces, tras el crujido de unas ramas, la encontró. Se acercó sigilosamente, como un león acechando a su presa, y se escondió detrás del tronco de un gran roble. Allí estaba, su enemiga, la princesa a la que tendría que ganar en un duelo delante de todo el reino. Estaba apuntando con su espada hacia algún sitio tras unos matorrales. Silencio. Un par de pasos. El golpe fue seco. La princesa corrió hacia los matorrales para recoger su espada y Equinoccia contempló sorprendida como en su punta un pequeño conejo se balanceaba, hipnotizante como el movimiento de un péndulo.

La rubia hechicera sonrió con suficiencia y Equinoccia sintió la imperiosa necesidad de borrarle esa expresión de la cara.

-¿El bosque no es un sitio peligroso para una princesa? Y más si viene sola y de noche-rió Equinoccia.

Solsticia se envaró, pero enseguida se obligó a recomponerse dispuesta a no mostrar sorpresa alguna delante de su enemiga.

-Entonces no sé que haces tú aquí, princesa-puso énfasis en la última palabra-sobre todo teniendo en cuenta que estos son los bosques de Trocenia. Y a los trocenios no les gustan los intrusos.

Equinoccia echó a reír.

-Según el Convenio de los Sabios ningún habitante de tu pueblo ni tú misma, podéis matarme. Estamos en tregua hasta que dé comienzo el duelo a muerte-esta vez ella dibujó una sonrisa de suficiencia en su cara.

-Pero el Convenio no dice nada de salir lastimada, ¿no?

Ambas princesas se acercaron más, encarándose una a otra en mitad del claro del bosque.

-No lo digas dos veces si no quieres que el duelo comience antes de tiempo. Y necesito testigos que contemplen como yo, Equinoccia de Artia, acabo con la dulce princesa del reino enemigo.

-¿Tan segura estás de que vas a vencerme?-Solsticia comenzó a reír-tus poderes de hada no se comparan a los de un hechicero, además no manejas la espada.

Equinoccia no perdió el tiempo y con un movimiento de manos sacó de detrás de sí, un arma.

-Pero sí el arco.

Las princesas se quedaron en silencio justo en el momento en que, lo que parecieron miles de ramas, comenzaron a crujir tras ellas y una manada de jabalíes furiosos salían tras los matorrales. Ambas se dieron la vuelta y comenzaron a correr frente a ellos, intentando encontrar algún hueco en el que refugiarse de la estampida, pero no tuvieron más remedio que seguir corriendo mientras pensaban un plan.
Delante de ellas y sin previo aviso surgió un saliente que las precipitó al vacío haciendo que cayesen, junto a un par de malas bestias, a un pequeño riachuelo que se abría entre pequeñas extensiones de tierra y hierba.

-¡MAGNÍFICO!-bramó furiosa la princesa Solsticia cuando salió del agua-no podía ir peor.

Equinoccia tras ella, reía.

-Vamos, princesita, un poquito de agua en tu carísimo atuendo, ¿y ya estás llorando? Demasiada espada para tan poca maña, querida.

La mirada fulminante de la princesa no se le pasó por alto.

-No podemos volver a la parte de bosque donde estábamos, vamos a tener que seguir el cauce del río hasta la desembocadura y, perdidas, intentar hallar el modo de volver cerca de mis dominios donde yo lo tenía todo controlado.

-Hablas como si yo nos hubiera perdido, y ten por seguro que aunque me encantaría que una manada de jabalíes se te tirase encima, no tenía pensado hacerlo-Equinoccia se sacudió las ramas y pequeñas hojitas que habían quedado en sus ropas-además, ¿no se supone que usas muy bien la magia? Úsala y sácanos de aquí.

Solsticia suspiró.

-Los bosques de Trocenia anulan todo tipo de magia, incluso la de las hadas. Todo el mundo sabe que los bosques son sitios sagrados, por más que quisiera usar mis hechizos, ¡no podría!

-Entonces no hay más remedio que caminar e intentar salir de aquí.


Lo que ninguna sabía es que el viaje de vuelta sería complicado. Ambas princesas caminaron por largo tiempo siguiendo el cauce del río hasta ir a parar a una laguna negra como la pez. Allí, se imaginaron, morarían las peores criaturas marinas de los reinos, dispuestas a cualquier atrocidad con tal de llevarse un bocado a la boca. Cuanto mejor si era un bocado real. De modo que las princesas se alejaron de la laguna lo más que pudieron y la bordearon para intentar dar la vuelta y volver hacia atrás.

Grandes enredaderas de espinas y montículos de roca se alzaron pronto ante ellas, obligándolas a encontrar otro camino de vuelta. Así pasaron los días, vagando por bosques que podían extenderse kilómetros y kilómetros, cazando criaturas que se encontraban por el camino para no morir de hambre e intentando mantener la compostura.




La luna llena se alzó el día anterior a que ambas cumplieran veinte años.

-¿Cuánto tiempo llevamos perdidas?

-Un mes y dos días-contestó Equinoccia-lo he ido contando. Lo genial es que mañana cumplimos veinte años, día del duelo, y ni tú ni yo nos presentaremos. Tiene gracia, ¿verdad?

Solsticia gruñó.

-Nuestros reinos deben de estar buscándonos, pero al no poder usar magia dentro del bosque, les será más difícil encontrarnos. Quizá deberíamos habernos quedado donde estábamos y esperar. Pero tuvimos que intentar volver...

-Después de tanto tiempo aquí dentro, debería ganar el reino que nos encontrara. Sería todo un mérito.

Ambas suspiraron. Habían hecho una hoguera, como cada noche, y habían colocado alrededor de su refugio improvisado, varias antorchas para alejar a las criaturas salvajes.

-No quiero cumplir veinte años...-susurró de pronto la princesa Solsticia.

Aquel susurro erizó el vello de la nuca de la princesa Equinoccia, la cual centró toda su atención en Solsticia y soltó la ballesta casera que intentaba construir.

-...¿Por qué?

-No quiero batirme en duelo contigo.

Equinoccia sintió una punzada en el pecho, pero dejó que Solsticia se explicara.

-¿Cómo puedes intentar matar a alguien con quién has convivido todo un mes? ¿Con quién has... estrechado lazos? Es como un ciervo, puedes cazar un ciervo salvaje con una de tus flechas, pero no tendrías el mismo reparo al tener que apuntar a un ciervo que hayas domesticado, ¿me entiendes?

Equinoccia, a su lado, asintió.

-Me he acostumbrado a tus cambios de humor, a que no me des los buenos días ni las buenas noches, a que estés furiosa la mayoría del tiempo y no te importe mi seguridad. A que seas orgullosa, cabezota y quejica. A que tus ojos hipnoticen al bosque y a que los animales se paren a escuchar cuando cantas. Yo...

-...tampoco podría hacerte daño a ti-sonrió el hada, interrumpiéndola-. Eres absolutamente insoportable. Mandona, plasta, terca y desquiciante. Cualquiera que te viera señalaría que eres una princesa. De las mimadas, por supuesto. Pero aún así, aunque me atosigas y me enfadas todo el tiempo, no podría vivir sabiendo que he matado a una criatura tan bella.

Sus rostros se habían acercado tanto que a las puntas de sus narices a penas les faltaban unos milímetros para tocarse. Pero ambas se separaron con la fuerza de un resorte y se dispusieron a dormir al calor de la hoguera. Al calor de sus cuerpos envueltos en una fina piel de bestia, para que, cuando la hoguera se apagara, el frío no las envolviera.



Dos pares de ojos se abrieron a la vez bajo la luna llena, y las princesas se dieron la vuelta entre las pieles, quedándose cara a cara.

-¿Solsticia?

-¿Sí?

Y en mitad de la noche, ella le susurró: Dame un beso. El cual fue correspondido mientras se lanzaban al aire suspiros infinitos.

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  1. Voy a ser rápida, clara y concisa, porque no creo que sea necesario decir nada más...

    Te quiero ∞ ∞ ∞ ∞

    Gracias :)

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